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Mi público (léase mi camarada Hector) se ha quejado por que no he actualizado mi blog. Bueno, no puedo negar que con cierta, o mas bien, con mucha frecuencia pienso que casi nadie entra a leer la sarta de tonterías que escribo aquí. (sirva este paréntesis para agradecer a todos aquellos que han leido este blog). Prefiero no entar en el terreno de las conjeturas y dejar en la lista de misterios sin solución si alguien lee esto o no.

Pero entremos en materia. Cual es la razón por la que no haya escrito últimamente. La principal no ha sido la falta de creatividad artística, por que tengo un par de ideas sobre las cuales trabajar. Pero requieren algo de atención. Ahí es donde aparece el verdadero motivo, y no es otro que la falta de tiempo. Así es, dado que estos días me he encontrado con que los días se me vienen encima, y pues no me ha quedado otra opción que irme encima de ellos antes. Es increíble que ya casi estamos a mitad de octubre, y si quiero regresar en dicembre, hay muchas cosas que hacer.

Había otro motivo. Pero ya no existe. Bueno, en parte. Ayer, por ejemplo, estaba tan preocupado por diversos asuntos que no hubiera podido escribir este texto. Algunas preocupaciones han desaparecido, pero otras siguen ahí. Eso impide que mi mente, o lo que queda de ella, trabaje después de un largo día.

Tal vez, si alguien lee esto pensará: “y por que en vez contar esas mentiras no escribiste sobre alguna de las ideas que dices que tienes, o ¿es que no tienes ideas?” La respuesta es que estas líneas las escribí en 15 minutos, y cada una de esas ideas necesita tiempo, quiero que quede bien hecho.

Espero seguir recolectando ideas estos días. Mientras tanto, veré que se me ocurre.

Sin palabras

Sin mucho que decir.
Solo que quisiera hablarte.
Tal vez después.
No hay nada más rápido que el tiempo.
pronto…llegará el día…

Hasta pronto.


Había llegado el momento. Aún y cuando el tiempo se había dilatado y cada paso del segundero fue memorable, era el momento. En ese instante hubiera querido detener el correr del tiempo y quedarme ahí, siendo feliz, tal como lo fuí. Te miré, sin saber que hacer, con la incertidumbre de quien sabe que tal vez no vuelva a ver a esa persona. Quise decir tantas cosas, pero el silencio pudo mas. Aunque tal vez el silencio realmente lo dijo todo. No sé como, pero en ese momento nuestras manos se encontraron por una fracción de segundo, y quisiera no haber soltado nunca tu mano tan delicada. Pero nos separamos. Era la despedida. Tuve miedo, quería que supieras todo lo que había dentro de mí, y que no podía contener, pero ahí se quedó. Los nervios se apoderaron de mí para no dejarme. Sin embargo, en un momento de lucidez, logré acercarme a tí, hasta tu frente, donde en un intento de expresar al menos una pequeña parte de mis sentimentos, deposité un beso. Recuerdo que sonreíste. Un poco nerviosa, tal vez. Yo lo estaba mas, y lo único que pude decir, fue hasta pronto.



En la penumbra de mi cuarto
donde solo el silencio asoma
recuerdo tu rostro
como todas las noches
antes de rendirme al sueño
en los abismales encuentros del ser
encuentros lejanos
lejanos como tú
aún recuerdo tu sonrisa
como no he visto otra.
Mientras la guadaña del tiempo avanza
yo solo la puedo contemplar
prescencio su caminar
de su afilado perfil me aferro
esperando que al marchar
pueda llevarme a ti.


A riesgo de verme demasiado joto, como diría mi amigo Carlos, voy a escribir lo siguiente. Aunque no lo parezca debajo de mi expresión seria se encuentra un lado soñador y romántico. Lo sé bien, siempre me han dicho que tengo cara de enojado. Recuerdo que cuando era niño mis primos me preguntaban que por que estaba tan serio, que si estaba enojado. Fue un trauma que me persiguió hasta la edad madura, cuando en la facultad mi amigo Pablo insistía en decirme que tenía cara de enojado y carácter encabronadizo. Tú tienes cara de borracho, solía decirle yo. Y es que no solo tenía la cara. Para no entrar en elucubraciones logré superar ese trauma hace poco menos de un año cuando me dijeron que me veía muy contento. Me imaginé a mi mismo con una sonrisa estúpida mirando hacia el cielo mientras los rayos del sol me iluminaban.

No puedo decir que mi vida haya sido cambiada a partir de entonces y que salga a la calle sonriendo y con ganas de abrazar y darle los buenos días al primero que se me atraviese. Sigo manteniendo mi postura escéptica, aunque realmente vea las cosas distintas. Muchos acontecimientos me han hecho pensar y trato de aprovechar y verle el lado bueno a las cosas. Aunque sigan viendo al mismo pelao con cara de enojado.



Y que pasaría si por un momento te veo
tan solo por una fracción de vida
y si en esa mirada se vuelcan mis deseos,
mis sentimientos,
mis temores.
¿Entenderías como me siento?
¿Lograrías captar la escencia?
¿Podrías recojerme de donde estoy?
O seguiría tirado
olvidado y alejado de la humanidad.
¿Será mejor quedarse con la duda y continuar?
¿Evitar un trastorno?
No lo creo.


Dos años de vacaciones (continuación del post anterior)


Fue un jueves mi primer día en este país. Mi segunda lección práctica de supervivencia general fué que todas las tiendas tienen la costumbre de cerrar temprano. Así que no me quedó de otra mas que conformarme con comprar pollo frito en una tienda. Eran las nueve de la noche, después de un viaje de casi un día, yo estaba hambriento y no podía ponerme remilgoso. Además, si mi madre, leyera esto, pensaría “remilgoso tu, tu te puedes comer lo que sea” o bien “tú siempre tienes mucha hambre”. En fin. Desperté a eso de las 3 de la tarde del día siguiente bastante afectado por el jetlag, y después de reanimarme con un baño, decidí salir en busca de bastimento. Estaba en una ciudad deconocida, apenas si sabía hacía que rumbo caminar, pero arriesgándome a perderme por completo, salí. Aquí podría escribir algo así como el que no arriesga no gana, o alguna de esas frases tan gastadas, pero no es mi estilo. Salí lleno de incertidumbre, con miedo de que me atropellaran en cada esquina (aún a estas alturas a veces no se hacia que lado voltear al cruzar la calle), sin saber realmente a donde iba, y lo mas importante, que aún no me hacía a la idea de que estaba a 10000 kilómetros de mi casa.


No voy a entrar en detalle como fué que llegué a la tienda. El caso es que después de hacer suposiciones y adivinar el camino llegué. Como si fuera lo mas natural del mundo, tomé un carrito que encontre solo, y entré. Mas tarde me dí cuenta de que le había robado el carrito a alguien, y no solo el carrito, sino también una moneda de libra. Y es que aquí hay que hecharle un tostón a los carritos para desengancharlos, claro está que al término de las compras se devuelve.


Al salir iba tan cargado con una colección tan variada de objetos, entre los que se contaban una almohada, sábanas, cobertor, radio, sartenes, platos, comestibles (aquí el lector puede imaginarse mi figura tambaleándose cargando estos implementos), y además estaba lloviendo, así que decidí de nuevo tomar un taxi. Además, aún no sabía utilizar los camiones. Misma operación del día anterior, levantar el teléfono, y pedir un taxi.


No puedo recordar exactamente qué fué lo que compré para comer, pero si puedo recordar lo que no compré. No compré cucharas, tenedores o cuchillos. No compré sal. No compré azucar, y creo que ni siquiera leche. Además al llegar descubrí que el cobertor que había comprado era solo el relleno con una delgada cubierta y que se le debía poner una cubierta encima. Lo que compré pensando eran sábanas y cubierta para el colchón, no lo eran, era precisamente una cubierta para el cobertor y para la almohada. De todas maneras no sirvió para nada, por que las compré tamaño individual, como la cama, y el cobertor era el mas grande que encontré. A la fecha, el cobertor sigue sin cubierta. Y la cama nunca tuvo cubierta. O mas bien, fabriqué una con la que era para el cobertor. Nada se desperdicia.



A dos años de estar viviendo fuera de mi país. Asi es. Difícil de creer, pero este ayer se cumplieron dos años de que llegué a Inglaterra con el objetivo de realizar estudios de postgrado. 30 de septiembre del 2004, reza el sello en mi pasaporte.

Cuando llegué, el clima de Inglaterra hacía honor a su fama. El otoño acababa de iniciar, y el clima estaba nublado, un poco lluvioso, húmedo. Para mi el cambio fué muy drástico, venir de Monterrey, donde la temperatura en septiembre supera los 30 grados, y aun hay dias en que roza los 40, para llegar a Londres, con unos 14 grados mas o menos, fue bastante pesado. Hoy al mirar hacia atrás, en estas fechas, que el clima es semejante, es cuando realmente me doy cuenta del cambio que viví. Hoy puedo salir a la calle en manga corta sin problemas. Hace dos años salía como repollo. Uno se acostumbra, bien o mal, a estas cosas.

Aún no se exactamente como es que pude llegar hasta la casa en donde estuve viviendo. Yo pensaba que sabía hablar inglés, pero no sabía nada. Cuando me bajé del avión y compré el boleto de autobús a Southampton (ahí fue donde me dí cuenta de la primera gran diferencia entre el inglés británico y el americano, por que aquí se dice coach, no bus) no sabía ni donde me iba a bajar. A cada que el camión pasaba por una ciudad yo estaba atento a tratar de descubrir el nombre. Así pasamos por Winchester, y luego a Southampton. Al llegar a la estación, pedí un taxi. Segundo detalle de importancia. Aquí es casi impensable parar un taxi en la calle, hay que pedirlo. Así que después de preguntar, me dijeron que ahí había un teléfono y que pidiera un taxi. Fuí, descolgué, me atendieron y de una manera u otra al poco rato llegó el taxi. Abordé pensando que por dirigirme a una residencia de la Universidad, todo el mundo conocería su ubicación, y el taxista me llevaría sin problemas. Craso error. - St. Margarets house, please- Dije yo. Pero el taxista me miró sin comprender. En que calle queda, me preguntó. Huelga decir que yo no había tomado la precaución de anotar la dirección exacta. Tuvo que detenerse a checar el mapa, donde estaban las residencias de la Universidad, etc. Por fin llegamos.

Eran poco mas de las 7 de la tarde cuando llegué a la casa. Ya estaba oscuro. Yo pensaba que había una recepción, o algo así, pero nada mas que una puerta cerrada. Yo no tenía clave para entrar, pero afortunadamente pasaba por ahí una residente que amablemente me abrió la puerta. Fui con la persona que estaba de guardia, un español por cierto, y por fin estuve en mi cuarto.

Una nueva etapa comenzaba.

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